Santiago: Semilla Del Son

Puede decirse sin exageración: El SON no sólo es "lo más sublime para el alma divertir", como expresase el imprescindible Ignacio Piñeiro, sino también el rostro musical de Cuba ante el mundo: la consagración definitiva de la música nacional.

Sobre sus orígenes, muchas veces se ha dicho que la señora Teodora Ginés vino desde Santiago de Los Caballeros, en República Dominicana, hasta Santiago de Cuba, a fines del siglo XVI. Las leyendas populares le atribuyen la interpretación, junto a su hermana, de una bandola por las calles de esta oriental ciudad para alegrar la vida de sus ciudadanos. Pero, lo cierto es que no se han encontrado las suficientes pruebas para demostrar la existencia de la tan llevada y traída señora Ginés y del legendario Son de la Ma' Teodora.

Ahora, lo que nadie pone en duda, es que, andando el tiempo, la ciudad fundada en 1515, se convirtió en imperio de la guitarra popular. Sin embargo, toda esa atmósfera ha de remitirse a antecedentes indispensables.

Desde que los hacendados franceses trajeron a las lomas y calles de Santiago sus riquezas y su servidumbre negra, ningún sitio quedó huérfano de música. No tardaron en aparecer cantadores guitarra en mano, siempre en los barrios más pobres. "Guitarreros" que utilizaban los instrumentos confeccionados por un ebanista negro de apellido Rebollar.

Confirman los investigadores que, a mitad del siglo XIX, proliferaron los trovadores en los barrios periféricos de Santiago, que luego sentaron las condiciones para que apareciese el bolero tradicional.

Sin embargo, no es hasta los últimos años del siglo, que la trova cubana alcanzaría una definición estilística en Santiago, con Pepe Sánchez a la cabeza de una generación histórica.

Pero, con tanta importancia como el impacto franco-haitiano, generado a partir de 1791 en el Oriente de Cuba -como consecuencia de la Revolución Haitiana-, prevalece la influencia de los negros africanos. Ellos trajeron a la Isla un fuerte componente rítmico, que en comunión espontánea con la riqueza melódica europea, originó el resultado musical más sincrético de la identidad nacional cubana: EL SON.

Muchos aseguran que todo ese caudal -fruto de la interacción étnica-, posibilitó que en la llamada Cuenca del Río Cauto (zona rural de Oriente), se esbozasen las primeras manifestaciones soneras. Tampoco pueden obviarse los aportes nacidos en las lomas de Baracoa, donde el tres rústico se hizo rey y después -en las laboriosas manos de Nené Manfugás-, bajó a Santiago para perfilarse.

En Santiago, el SON convivió con la trova y se hermanó a ella, hasta producirse fenómenos tan interesantes como el bolero-son. Fue el mismísimo Miguel Matamoros quien se encargó de fundirlos, y con su antológico Trío dio a conocer esta combinación en el mundo entero.

Pero, un poco antes, en los diez primeros años del siglo XX, los soldados del Ejército Permanente llevan el SON a La Habana, donde termina urbanizándose con el Sexteto Habanero. Después vendría una larga lista: María Teresa Vera, Ignacio Piñeiro, Arsenio Rodríguez, la Sonora Matancera, Conjunto Casino, Benny Moré... hasta más recientemente, Elio Revé, Juan Formell y Adalberto Álvarez.

Cuando Adalberto funda SON 14, en 1978, el son cubano no gozaba de sus mejores días. Las tendencias musicales foráneas en los medios de comunicación de la Isla y otras causas extramusicales, habían limitado el desarrollo del género, si tenemos en cuenta las vertiginosas transformaciones experimentadas en el siglo XX: inclusión de las trompetas, el contrabajo, las tumbadoras, el piano y hasta los recursos electrónicos de la más reciente etapa.

Pero, llegaba SON 14...

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